1936, García Lorca

 FINAL DE FEDERICO GARCÍA LORCA

Raquel Martín García

 

Un Universo, el cielo, la tierra y una historia que ocultar. En esta terrible situación se encontraba Federico García Lorca. Era un 13 de Julio de 1936 y el poeta estaba en la estación de Atocha. Caminando pensativo había llegado a la zona arbolada, desde allí veía al tranvía pasar, los carros de caballos perderse en las calles y los edificios presumir de belleza. Estaba con su amigo Rafael Martínez Nadal. Por fin había llegado el momento de darle el paquete que debía guardar hasta su vuelta, contenía una de sus más queridas obras. Pocos la habían leído pero los contados afortunados habían gozado con sus letras, argumentos, viveza y sentimiento. Se titulaba El Público, abordaba la homosexualidad y, por tanto, no era época de publicarla. Su salida a la luz habría que esperar:

-Ten –dijo Lorca sacándose cariñosamente del bolsillo un paquete. -Tú serás el encargado de guardarlo hasta mi vuelta. Sabes que no soy pesimista, volveré pronto de esta visita familiar y entonces me lo devolverás. Pero como sabes que soy muy precavido te lo confío a ti; si algo me sucediese en este tiempo destruye el paquete.

-Vaya, como regalo de despedida nunca me imaginé un misterioso paquete que ni siquiera pudiera abrir y que no me fuera nunca a pertenecer. Cada día me sorprendes más–. Rafael ya estaba acostumbrado a los secretos de su amigo, y en realidad nada le extrañó en su gesto. -De todas formas, sabes que pienso que no deberías irte. La onomástica con tu familia también será el año que viene, quizá las cosas estén mejor y puedas irte–. Le miró con un gesto preocupado, suplicante, que no quería mostrar su terrible presentimiento.

-Ya hemos hablado mucho de esto. Te agradezco todo lo que quieres hacer por mí. Pero quiero pasar mi santo con mi familia, en estos momentos ella es uno de los sitios en los que me puedo refugiar, sabes que estaré bien. Bueno, amigo, parece que ha llegado la hora de marcharme.

-Lo sé, al final perderás el tren. Si tienes algún problema llámame y lo solucionaré.

-Te lo agradezco, pero espero que no haga falta.

Y, dicho esto, caminó en solitario hasta el tren. Se sentó y empezó a comerse un bocadillo de calamares que había comprado en un puesto de la estación. Relativamente en poco tiempo llegaría a su Granada natal. En realidad la echaba de menos. Allí pasaría su santo con sus padres y sus tres hermanos, en la casa de la Huerta de San Vicente que hacía dieciséis años les había comprado. Se sentía ilusionado por el viaje.

Como el trayecto era aburrido, pues ya se conocía los paisajes, su mente empezó a divagar. Sus planes más inmediatos eran viajar a América para entregar a Margarita Xirgu su obra La casa de Bernarda Alba y estrenarla en Buenos Aires. Después quería hablar con Salvador Dalí, con el que había discutido años atrás por haber criticado una de sus obras; no era un hombre rencoroso. Publicar el libro que había confiado a Rafael. Su mente saltaba por sus pensamientos lentamente, por fin cayó en un sueño profundo. Se despertó horas más tarde ya en su destino.

Bajó del tren todavía adormilado y embelesado en sus pensamientos. Su familia le esperaba. Hacía tiempo que no les veía pero Federico les vio tan vitales como siempre, por un momento recordó las tardes que pasaban de pequeños en el campo.

-Por fin llegaste- dijo su madre fundiéndose ambos en un cariñoso abrazo que se prolongó hasta ser interrumpido.

-Vamos, Vicenta, deja ya al chico que respire. Pareces pálido, estarás cansado. ¿No has dormido en el viaje?

-Sí padre, pero no se descansa igual. Me alegro mucho de veros.

-¿A nosotros ya no nos saludas, hermano?

– ¡Cuántas ganas tenía de veros!

Una vez saludados todos, se dirigieron a la casa. Tenía dos plantas y era blanca como la nieve. De sus tres balcones colgaban enredaderas repletas de flores rojas.. Las plantas daban a la casa un aire de alegría. Era espaciosa y estaba muy cuidada. Al entrar Federico recordó su compra años atrás, había sido difícil encontrar una casa como esa; no era un sueño hecho realidad lleno de lujo, pero se ajustaba a sus necesidades y cumplía alguno de sus caprichos.

Los primeros días transcurrieron felices para la familia, juntos otra vez disfrutaron de cada momento y cada palabra. Pero pronto llegó la incertidumbre y el miedo. Eran las 3 de la madrugada cuando un ruido sordo les interrumpió el sueño, alguien llamaba a la puerta. Tres guardias esperaban a ser recibidos.

-¡Abran! ¡Abran les ordeno!-gritaba el que parecía estar al mando.

-Siento la tardanza, estábamos dormidos.

-Apártese y déjeme pasar–. El guardia, mediante un empujón que casi derriba al cabeza de familia y su mujer, se hizo hueco y ordenó a sus acompañantes pasar.

De repente, un torbellino parecía haber entrado en la casa inundándola de un miedo que hacía temblar cada hueso y carne de sus habitantes. Los tres guardias revisaron cada rincón concienzudamente sin atender a las preguntas de los asombrados espectadores. cada palabra que pudiera decir no podría describir el miedo que la familia sintió. Pero se fueron sin encontrar lo que buscaban. Federico García Lorca había huido por el balcón de su habitación mientras los guardias se excedían en su trabajo. El poeta corrió calle abajo aquejándose de la torpeza en su pierna derecha que los problemas físicos de la infancia le habían dejado. Llegó a una siembra de encinas en la que permaneció oculto toda la noche. Al día siguiente sus hermanos le buscaron por el pueblo. Isabel por fin dio con él.

-¡Federico! ¡Federico! ¡Cuánto me alegro de verte!-pronunció en un grito sordo mientras su cara, llena de inexpresión se llenaba de una alegría desmesurada. -Estábamos muy asustados, te hemos buscado por todo el pueblo-.

-Estoy bien, cuéntame todo lo que pasó anoche.

Isabel, con los ojos empapados, las mejillas caídas y la barbilla temblorosa, relató todos los hechos.

-No puedo quedarme con vosotros, vienen a por mí y necesito esconderme.

-Los embajadores de Colombia y México te han ofrecido exilio, quizá allí estés más seguro.

-Es posible, pero ahora no puedo salir del pueblo, del país. Me están buscando y no sé que hacer, no quiero poneros en peligro. Me avergüenzo de tener que esconderme.

-Luis Rosales y Manuel de Falla se han enterado del registro de anoche. La noticia ha corrido como pólvora por el pueblo. Te han ofrecido su ayuda y su casa. Ambos tienen sótanos de difícil acceso y buhardillas escondidas en las que podrías alojarte hasta que todo se calme. Quizá así podrías salir dentro de poco del país.

-Eso sería perfecto. Quizá Luis Rosales pueda protegerme mejor. He visitado su casa y tiene un sótano al que se accede a través de una trampilla muy disimulada que está tapada por un mueble. Ahí seguro que nadie me encontraría, además está muy bien acondicionado. ¡Oh mi querido Luis Rosales!

-Pues no hay tiempo que perder. Me dijo que fueras esta misma noche a su casa que ya lo tendría todo preparado. Sólo nosotros sabremos que estás allí. Hermano, cuanto me alegré de verte y cuanto me costará perderte.

Tras esta última frase dos lágrimas cruzaron la cara de Isabel, que rehuyó la mirada de su hermano. Lorca se escondió un poco más subiéndose a un árbol, había oído pasos.

-Avisa a Luis y dile que esta noche iré. No quiero que nadie me acompañe ni me visite. Os escribiré, no os preocupéis por mí. Ahora vete tan triste como has venido, que nadie note las confidencias que nos hemos cruzado.

Y sin mediar palabra Isabel se fue con paso ligero.

El genial poeta pasó todo el día escondido en lo alto de una encina. Tenía hambre, sueño, calor, dolor de cabeza… pero nada mejor le aguardaría en otro lugar. Los nervios corrían por su cuerpo adueñándose de él, las uñas antes largas habían casi desaparecido y su rostro reflejaba la desesperación y la incertidumbre.

Después de las primeras horas de oscuridad, Federico se bajó del árbol y anduvo con paso decidido hasta la casa de su amigo. Tardó bastante tiempo, pero quería hacer ese viaje sólo. Llamó tímidamente a la puerta tras la que se escondería durante Dios sabe cuánto tiempo. Un rostro pálido le abrió y se apresuró a invitarle a pasar.

La noche se hizo larga y las confidencias contadas también. Al llegar el alba el poeta bajó por segunda vez en su vida aquella escalerilla que conducía al sótano de Luís. Era un lugar poco ventilado y oscuro. Tenía una cama maltrecha, una vieja mesa con material para escribir y un candil, una silla de madera y una cómoda estropeada por el tiempo. Parecía haber sido limpiado recientemente, pero el olor a viejo no había desaparecido.

Allí pasó algunos días. De vez en cuando la trampilla se habría y su amigo le visitaba. Estaba allí poco rato. Le llevaba comida, ropa, agua y lo que era más importante, compañía. Era el único momento en el que Lorca dejaba de pensar en su mala suerte y miraba hacia otro lado. El tiempo transcurrió despacio hasta que un registro rompió la tranquilidad de la casa. El poeta estaba relativamente tranquilo, el escondite era seguro. Pero los astutos guardias, tras horas de revuelta, le encontraron. Abrieron la trampilla y la luz dañó los ojos de Federico. Poco a poco alguien se le acercó y se rió.

-Por fin nos conocemos. ¡Ya era hora! Escapaste de tu casa, pero a la guardia no se la puede engañar, te crees muy listo. Sube ahí arriba y acompáñanos.

Un empujón hizo al poeta caer al suelo. Unas manos amigas le ayudaron a la levantarse.

-¿Dónde quieren llevarle? ¡No ha hecho nada! Sólo es un pobre poeta.

-Por orden de mis superiores debe acompañarnos ahora mismo. Si no hay denuncia en su contra será puesto en libertad, de lo contrario será juzgado.

-Tranquilo amigo, yo te sacaré de ahí. Lo prometo. No pueden hacerte nada. ¡Qué injusticia!

Y tras leves forcejeos Lorca abandonó la casa. La preocupación se adueñó de todos, ¿qué pasaría? En esos tiempos ya no se sabía nada, nada se podía prever.

Le condujeron a una de las habitaciones de la primera planta del Gobierno Civil. Durante el camino reinó el silencio para Federico, sus sentidos parecían haber desaparecido y su corazón haberse encogido. Sin embargo la realidad era muy diferente, los guardias se reían y mofaban de él. La habitación a la que le subieron era un pequeño cuchitril con una mesa y dos sillas. Le tiraron sobre una de ellas y se fueron. Lorca permaneció quieto, pensando y sin pensar, el tiempo corría ahora muy deprisa.

Por fin la puerta ser abrió y entró un hombre alto y con barba.

-Por fin nos conocemos Federico del Sagrado Corazón de Jesús García Lorca. ¡Vaya nombre! He oído hablar mucho de ti. ¿Tú de mí no?

– No.

– Llámeme señor. ¿Sabes por qué estas aquí?

-No, señor.

-Han mandado tu captura. Tú eres un sucio poeta que pertenece a la masonería. Tus ideas izquierdistas nos han hecho mucho daño. Además te atreves a negar la existencia de Dios, tú no eres nadie para hacer eso. ¿Quién te has creído? Apoyaste a Fernando de los Ríos Urruti cuando era ministro. ¿No te das cuenta del daño que nos has hecho? No hablemos ya de tus extrañas inclinaciones sexuales. Te atreves a publicar un “Romance de la Guardia Civil Española”, riéndote de nosotros. Ahora el que se va a reír soy yo, ¿lo sabías? Esto no lo vas a poder contar en otra de tus tristes obras. Sólo tienes una oportunidad de salir de aquí. ¿Sabes cuál es?

-No, señor –el corazón del poeta parecía haberse despertado e intentar recuperar en un minuto todos los latidos que antes no había hecho-.

-Puedes salir de aquí si…. ¿no te lo imaginas? Si delatas a todos los que son como tú. Tú sabes de sobra donde están, se esconden. Vamos a encontrarlos, no podéis escapar. Pero haremos un alto contigo si nos dices donde están. Sólo es eso. ¿Qué me dices?

-No sé donde están, señor.

-Maldito poeta. ¡Lo sabes! Quizá después de que juguemos un poco, te animas a decirnos algo…. Aquí las cosas funcionan así.

El guardia salió de la habitación, pero en menos de un minuto volvió con multitud de aparatos extraños. Eran aparatos de tortura. No os voy a relatar todo lo que en esa habitación se produjo, pero todos hubiéramos preferido morir a soportar aquel dolor. Durante varios días Federico estuvo en aquella misma habitación, con un tintero, una pluma y una hoja en la mesa para delatar a sus amigos. De vez en cuando algún guardia entraba y le hacía otro interrogatorio, siempre seguido por largo rato de tortura que intentaba superar en dolor a los hechos por sus compañeros. Lorca estaba roto, por dentro y por fuera. En uno de los interrogatorios le habían dicho que el mismo día que le capturaron habían matado a su cuñado. ¡Oh, pobre de él y de su hermana! La vida era muy injusta. Le habían roto el corazón. Su pobre cuñado…. Nunca podría ayudar a su hermana, darle el pésame, consolarla…. Aquello estaba matando a Lorca,

Cogieron a Federico y le esposaron. Estaban hartos de perder el tiempo. Ni siquiera tuvo fuerzas para preguntar adónde se lo llevaban, aunque ya se lo imaginaba. En la calle le sentaron junto a otros hombres, el conocido maestro de Pulianas y José Dióscoro Galindo. Aunque los tres se conocían ninguno pronunció palabra.

Los metieron en un coche negro y los llevaron a la colonia de Víznar. Allí se unieron a la ruta otros coches idénticos cargados de presos. Iban por una carretera de curvas y subidas entre fábricas de cerámica y olivares. Sólo eran 9 kilómetros los que les separaban de sus muertes. Durante el trayecto el poeta pensó en su familia, en sus amigos, en todas las cosas que se dejaba por hacer, en sus sueños… Ya no podría acabar nada, volver a ser feliz, reír, llorar, escribir… Todo había terminado ahí. Sólo esperaba que después de su muerte dejaran a su familia en paz, la olvidaran para siempre y no volvieran acercarse a ella. La vida era dura.

Les bajaron del coche a golpes en una cuneta del camino de Alfacar. Estaban frente a un viejo olivar cerca de una fuente, la fuente de las lágrimas. Un nombre adecuado si pensamos lo que en poco tiempo iba a presenciar. Les obligaron a ponerse de espaldas. Se reían de ellos mientras cargaban las escopetas, hacían bromas y burlas. Los acusados estaban nerviosos, temblando, casi no se tenían en pie, querían que todo terminara ya. Pero la espera se prolongó durante minutos, quizá horas. Por fin la cuenta atrás derivó en multitud de disparos. A Lorca los disparos le rozaron, incluso uno le dio en un hombro y otro en las posaderas, pero seguía vivo. Le habían dejado para el final. Juan Luis Trescastros Medina (casado con una prima lejana de Federico) se encargaría de él. Varios disparos terminaron por fin con su vida, el poeta pudo descansar.

Mientras tanto su familia intentaba que le sacaran de la cárcel, sin saber que ya era tarde. Su padre pagó a un abogado, José Manuel Pérez Sarrabona, para que excarcelaran a su hijo. Los falangistas, que se dieron cuenta de lo querido que era el poeta y la rebelión que su tortura y muerte podía acarrearles, difundieron un acta de defunción en la que decía que el poeta había muerto debido a unas heridas en combate. Pero la mentira duró poco, pronto tuvieron que decir la verdad. La familia, rota de dolor, dicen que se llevó el cuerpo de su hijo enterrado en una fosa común debajo de un árbol sin nombre ni cruz.

 

RECREACIÓN HISTÓRICA DE RAQUEL MARTÍN BASADA EN ESTAS FUENTES

BURREL I FLORIÁ, Guillem (1997). Gran Diccionario Enciclopédico.
Navarra: plaza & Janés Editores

CAMPILLO CARRILLO, Joaquín; CANDELA DELGADO, Manuel Ignacio; RODRÍGUEZ EGUÍA, Carlos; SÁENZ NAYA, Lorenzo (1990). Acta 2000.
Madrid: Editorial Rialp

SÁNCHEZ CEREZO, Sergio (1992). Diccionario Enciclopédico. Madrid: Santillana.

Escuela Internacional. “Federico García Lorca”. En Escuela Internacional [en línea]. <http://www.escuelai.com/spanish_culture/literatura/lorca-biografia.html>
[Consulta: 23 diciembre 2007]

FERNÁNDEZ PALMERAL, Ramón (2006) “¿Por qué fusilaron a Federico García Lorca?”En Revista Perito [en línea]
< http://www.revistaperito.com/ramonfernandez/GarciaLorca.htm>
[Consulta: 23diciembre 2007]

BUSTELO, Gabriela (2006), “¿Quién mató a García Lorca?”. En Semana [en línea].
<http://www.semana.com/wf_InfoArticulo.aspx?IdArt=96465>
[Consulta: 27 diciembre 2007]

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