1871, Bécquer

GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER. Orgullo de Sevilla

Rosaura García

Recuerdos, innumerables recuerdos abordan este vacío entre el bien y el mal, la existencia y el olvido, la vida y la muerte…

Un sinfín de memorias de tiempos pasados recorren en el silencio del alba de la muerte mi mente, recordándome toda una vida de tiempos difíciles -otras veces, maravillosos- que permanecerán en esta alma por toda una eternidad…

La misma vida que en esta fría madrugada de diciembre poco a poco se apaga, cual destello se pierde entre las sombras, cual amor entre el olvido, cual poema entre las páginas de un libro sin abrir…

El inicio de donde puedan alcanzar mis recuerdos se remonta al paraíso de una ciudad perdida en la inmensidad de su belleza: mi Sevilla natal; aquella que me vio nacer un 17 de febrero de 1836; ciudad donde mis antepasados arraigaron sus vidas.

Mi padre José fue un pintor costumbrista, como hasta hace poco lo ha sido mi hermano Valeriano. No puedo recordar grandes momentos vividos con él; ella, la que ahora viene a recogerme entre sus brazos eternos, me lo arrebató con sólo 5 años.

Inexplicable el dolor y vacío en la vida de un niño cuando se cría sin padre, dolor compartido con mis siete hermanos y mi madre, quien me acompañó y me ayudó el tiempo que estuve a su vera.

Luego, ella también me la robó con 11 años ese 27 de febrero de 1847 dejándome solo en este mundo, haciendo de mi infancia un trauma y reflejando el dolor en algunas de algunas de mis primeras rimas como esta:
 
Llegó la noche y no encontré un asilo:
¡y tuve sed!…mis lágrimas bebí.
¡y tuve hambre! ¡Los hinchados ojos
cerré para morir!

***

¿Estaba en un desierto? Aunque a mis oídos,
De las turbas llegaba un ronco hervir,
Yo era huérfano y pobre…El mundo estaba
Desierto…¡para mí!

Parece que fue ayer cuando entraba mi madre en la estancia de Valeriano y yo y nos daba un beso. Valeriano entonces se levantaba y pintaba a luz de la luna con un arte similar al de padre, que tardó poco en explotar.

Tras la muerte de mi madre, estando yo al cargo de mi tías, regresé al colegio de San Telmo y 15 días después obtuve sobresaliente en todas las disciplinas. Pero con 14 ingresé en el taller de pintura “Antonio Cabral Bejarano”, pasión que despertó en mi persona mi tío Joaquín.

Los años que ya no quedan pasaban rápidamente y, en octubre de 1854, decidí irme a vivir a la ciudad de moda para los artistas, Madrid. Llegué con 75 duros que me dio mi tío Joaquín y me asenté en una pensión, cuya propietaria, Doña Soledad, me acogió como una segunda madre.

Aquí comencé como crítico literario en “La Época” con unos grandes amigos.
Aquí también conocí a Julia Espín, quien inspiró gran cantidad de mis rimas. Mas… este amor no pudo ser correspondido.
Finalmente me casé con Casta Esteban y Navarro y tuvimos dos hijos pero, tras siete años de matrimonio no muy feliz, nos acabamos separando y me hice cargo de mis hijos.

Recogí algunas de estas rimas y le entregué un manuscrito a mi amigo Luis González Bravo; pero, debido a la intentona liberal-popular que triunfaba en Madrid, se perdió al ser asaltado el palacio de Luis González.

Fue entonces cuando mi hermano Valeriano, mis hijos y yo huimos de Madrid y nos refugiamos en Toledo hasta que amainó el vendaval revolucionario.

En este mismo año (1871) regresamos y nos hospedamos en “La Quinta del Espíritu Santo”, donde murió mi hermano el 23 de septiembre, una triste pena de la que no he sabido ya recuperarme.

Mi amigo Rodríguez Correa nos trasladó a mis hijos y a mí entonces a este piso del barrio de Salamanca, donde me hallo tendido en mi lecho de muerte.

Tras este último repaso a mi vida a los 34 años que he alcanzado a vivir pido a Ferrán, amigo mío, que queme mis cartas ya que serían mi deshonra, que recojan mis versos y los publiquen porque sé que en muerte seré más conocido que en vida, por supuesto, mis niños, lo más valioso que tengo y tendré… que los cuiden…

El reloj marca las diez de la mañana de este 22 de diciembre de 1871, todo acaba, ya viene la señora de las sombras a cumplir su cometido, a recordar que es todo mortal, palabras que resuenan como ecos en mi conciencia y de mi boca salen estas, las últimas de toda una vida: “todo mortal….”

Mi luz se apaga, la puesta de sol se cierne sobre mi vida, la eternidad me espera, otros tiempos vendrán y otros lugares donde componer los versos de que vive el alma, viviré entre las páginas de un libro de amor, en la rima de unos versos, en el corazón de un poeta; pero, sobre todo, en los recuerdos…

Innumerables recuerdos que abordan este vacío del aurora de un nuevo tiempo, el mismo que en este momento ensombrece la inmensidad de la ciudad más bella del mundo que llora mi marcha en sus dulces amaneceres para regocijo de sus sevillanos y orgullo del mundo entero…

 
Recreación histórica de Rosaura García basada en las siguientes FUENTES:
CRESPO LLOREDA, José Ángel (1985). Rimas y leyendas. Madrid: Anaya.
CLAVER, Nuria y PUIGDEVALL, Federico (1996). Rimas y leyendas. Madrid: Ediciones Rueda.

MONTESINOS, Rafael (2002). Rimas. Madrid: Ediciones Cátedra.-RUBIO JIMÉNEZ, Jesús (1999), “Valeriano Bécquer y Murillo. Una aproximación”. En Revista “ El Gnomo”, nº8, páginas 45-67.
CHARRY-LARRA, Fernando (2005), “Lector de poesía y otros ensayos inéditos”. En Revista Aleph, 1 de octubre.

http://www.los-poetas.com/a/beq.htm [consulta: 18 de enero 2008].

http://www.poesía-inter.net/indexbag.htm[consulta: 18 de enero 2008].

http://www.xtec.es/costa/biogra1.htm [consulta: 18 de enero 2008].

 

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